WeSay Magazine
jueves 15 de noviembre de 2018

"Las mujeres somos más luchadoras y menos avergonzadas"

Belén Fernández

Emociona escucharla hablar. Emociona su esfuerzo y sus ganas constantes de ayudar. Margarita Barrientos, la creadora de la fundación que lleva su propio nombre, tiene una voz suave, una mirada transparente. En un encuentro en su comedor "Los Piletones" en Villa Soldati, recibió cálidamente a un grupo de periodistas mujeres. La comida abundó y en cada plato se podía saborear el amor con el que había cocinado cada menú. En exclusivo con We SAY! Magazine, Margarita nos contó la travesía que debió afrontar con tan solo 11 años para llegar desde Santiago del Estero hasta Buenos Aires. Aseguró haber cumplido su sueño con el desembarco, hace un año, de dos comedores que alimentan a más de 1700 personas en su tierra natal. Dio un mensaje al sector privado al considerar que "No son tantas las empresas que nos ayudan" y reconoció que no tiene más proyectos en mente: "La necesidad te lleva a estar siempre apurado. Hoy quiero disfrutar de la vida, de mis nietos. Es hora de sentarme, mirar para atrás y observar todo lo hecho".

¿Cuándo llegaste a Buenos Aires y como viniste hasta acá?

Llegué a Buenos Aires a los 11 años, vine sola porque mi mamá ya había fallecido. Mi papá era un hombre que pasaba mucho tiempo trabajando en la industria del carbón. Un día, nos juntó a los hermanos mayores y nos dijo que se iba a ir al campo a trabajar, pero que iba a volver. Pasó mucho tiempo hasta que decidí venir a Buenos Aires, acá nosotros teníamos hermanos. En esa época yo ya no iba a la escuela, había dejado en tercer grado.

Uno de mis hermanos, Ramón, vivía en José C. Paz. Un día, uno de mis hermanos me hizo subir a una yegua desde el pueblo en el que yo nací hasta Añatuya. Cuando llegamos, me dijo que le saque el freno a la yegua y que la suelte. Caminé hasta la estación del tren, recuerdo que me senté abajo de esos árboles y rompi en llanto. En ese momento recuerdo que llegó un carguero y me subí, no sé cuantos días estuve viajando en ese tren. Me bajé en Retiro, para mí todo era desconocido, había gente que iba a retirar sus encomiendas. Nadie me fue a buscar y no tenía forma de comunicarme con mi hermano. Lloré mucho, hasta que llamé la atención de un policía que se acercó y me preguntó a donde quería ir. Le mostré la dirección que tenía anotada. Él me explicó qué tren tomar y me dijo que baje cuando viera un arco grande que dijera José C Paz. Recuerdo que vi el arco y como el tren no paró justo ahí, decidí tirarme. Tiempo después me di cuenta de que ese arco era el anuncio de la estación de José C. Paz, y que el vehículo paraba unos metros más adelante.

¿Te lastimaste?¿Qué pasó?

Me lastimé muchísimo, quedé desmayada. A los dos días me desperté en un hospital con las costillas rotas, se me rompieron todos los dientes. Cuando abrí los ojos vi una monja y a mi hermano. Alguien encontró el sobre con la dirección y se conectó con mi familia.

¿No tenías documento?

No, yo recién saqué mi primer DNI a los 16 años. Fue muy triste mi infancia.

¿Empezaste a trabajar enseguida en Buenos Aires?

Aún con vendas por las heridas, mi cuñada, que era una mujer muy fuerte y trabajadora, me dijo que si yo quería comer me tenía que levantar y trabajar. Me llevó con ella que era empleada en Hurlingham. Allí me encargué de cuidar niños. Hice eso durante dos años. No me trataban nada bien, me retaban constantemente.  

¿Cómo conociste a tu marido?

Isidro era camionero y yo iba a buscar el agua a la casa de su hermana. El tenía 24 años y yo 15 años. Al poco tiempo decidimos irnos a vivir juntos. Nos vinimos a vivir a Villa Soldati por cuestiones de trabajo.

¿Cuántos hijos tenes? ¿Ellos te ayudan en el comedor?

Tengo 9 hijos y tres del corazón. Todos trabajan por su cuenta. Tengo 12 nietos.

¿Hace cuántos años tenes este comedor?

Se cumplieron 21 años.

¿Cuánta gente viene hoy al comedor por día?

Son 2100, todos los días en cuatro turnos: desayuno, almuerzo, merienda y cena.  Siempre es la misma gente, vienen tanto de esta zona como de villas de alrededor. Hay personas que por diferentes problemas de salud no se pueden acercar, entonces les llevamos los alimentos hasta sus hogares. Tenemos un registro de todas las personas que vienen.

¿Cuándo es la época en que más gente se acerca al comedor?

En el invierno es cuando más gente viene. También es la época donde se ve mucha más gente en situación de calle.

¿Fue bajando la cantidad de gente que se acerca al comedor?

A mediados del año pasado sufrimos un desborde muy importante y llegamos a servir hasta 2700 platos de comida por día. Ahora ese número bajo considerablemente y esperamos que se mantenga. En general dejan de venir porque consiguen trabajo. Ahora que se reactivó la obra de la villa olímpica hay mucho trabajo en el barrio.

¿Vienen muchas mujeres?

Sí, son más las mujeres que piden ayuda. Eso es porque somos más luchadoras y menos avergonzadas.

¿Cuántas personas trabajan con vos?

Son cerca de 40 mujeres que trabajan conmigo en la cocina, en la limpieza, en la panadería. La mayoría de ellas son voluntarias.

¿Cuál fue la mayor satisfacción que te dio tu obra?

Poder hacer mis comedores en Santiago del Estero. Fue un verdadero sueño. Yo siempre pensé en volver pero no sólo con comida, medicamentos y ropa sino instalarme allá. Pero tenía claro que quería hacer un proyecto en Santiago del Estero, inmediatamente buscamos un lugar, apareció un señor que me dio un terreno. Ahora hay cerca de 1300 personas en uno de los comedores y en el otro suman más de 500. Ahí no usamos registros, aunque de a poco estamos tratando de instalar esa metodología.

¿Vas seguido? ¿Sentís que cuando te vas la estructura funciona bien sin vos?

Viajo cada 15 días. Pero los llamo constantemente, a la mañana a primera hora. Yo misma hago el menú. No costó mucho armar el comedor porque hay mucha necesidad, las mujeres que están a cargo saben cocinar y son muy responsables.

¿Invertís en tus comedores?

Sí. Logramos invertir en maquinaria como cortadoras de carne, picadoras, máquinas para hacer pan. Producimos pan para consumo interno. Tenemos hornos de barro, ya a las 7 de la mañana estamos haciendo pan. Estamos muy preparados. Además no sólo contamos con el comedor, tenemos un centro para víctimas de violencia de género, un centro de la tercera edad, un centro de salud, dictamos talleres, contamos con dos jardines de infantes, crecimos muchísimo.

¿Cómo armas el menú?

Como si estuviera cocinando en casa. Se come guiso, albóndigas con arroz, tallarines, hamburguesas con pan casero. Es muy variado.

¿Consultas a nutricionistas?

No. Eso no nos sirve.

¿Más allá de las empresas que te ayudan de donde sacas el resto del dinero?

Hay muchas donaciones particulares. No son tantas las empresas que nos ayudan. Carrefour es nuestro donante más fuerte. Contamos con una harinera que nos manda 40 bolsas de harina por mes. También doy charlas, a cambio pedimos donaciones.

¿El Estado te ayuda?

El Gobierno de la Ciudad me manda 500 raciones por mes. Es muy poco. No es suficiente. No nos acercan carne ni comida con proteínas.

¿Cuál es el próximo proyecto que estás pensando?

Quiero terminar todo lo que estamos haciendo y no quiero hacer más nada. En Santiago quiero terminar el centro de primera infancia y el polideportivo. El otro día venía pensando, hicimos tantas cosas con Isidro juntos, los comedores, los jardines, las panaderías, la biblioteca, los centros de salud, talleres y pensar que en vida Isidro no lo disfrutó. Él falleció en Santiago con la obra de San Cayetano en marcha. Hoy estoy todo el tiempo corriendo, pendiente del reloj. Me pregunto, ¿por qué tiene que ser así? ¿por qué no me puedo sentar a descansar? Quiero disfrutar de la vida, de mis nietos, del trabajo que hemos hecho. La necesidad te lleva a estar siempre apurado. Hoy quiero disfrutar la vida, sentarme, girar la cabeza y observar todo lo hecho.